Al mejor estilo de Silicon Valley
Roccibella comenzó en un garaje en Houston y hoy dirige una empresa de belleza con tecnología surcoreana. La historia de una venezolana que convirtió la migración en combustible y una comunidad digital en un empresa con alta proyección.
Houston, 2015. En el garaje de una casa, una joven venezolana que no hablaba bien inglés, no tenía licencia de conducir e intentaba entender cómo funcionaban los Estados Unidos, ponía a hervir una olla y le sacaba fotos a sus platos para venderlos a domicilio. En ese momento pocos habrían apostado que esa misma mujer, una década más tarde, estaría al frente de una marca de bienestar desarrollada con más de veinte laboratorios y empresas en Corea del Sur, con una base sólida de seguidores en cuatro plataformas digitales y con un nombre que ya no necesita apellido: Roccibella.
Roccibel Volpicella nació en Ciudad Ojeda, en el estado Zulia, y emigró a los Estados Unidos cargando lo que carga la mayoría: la esperanza de un futuro mejor y el peso de no saber bien cómo construirlo. La comida fue su primer puente hacia la estabilidad. Pero su novio —hoy su esposo— fue quien le propuso una idea que cambiaría el curso de todo: abrir un canal de YouTube para llegar a más clientes.
Ella pensaba que YouTube solo existía para escuchar música; grabó varias versiones de un primer vídeo, pues sentía miedo al juicio, al ver el contenido de otras creadoras con equipos profesionales. Finalmente lo publicó; se trataba de un tutorial de contorno facial, grabado con un teléfono de baja capacidad, en el mismo garaje donde cocinaba, y con luz natural como única producción.
“Todas las latinas que llegamos a Estados Unidos tenemos el mismo problema: es muy costoso arreglarnos las uñas, el pelo o las cejas,
y no siempre queda como nos gusta”.
Nueve días después publicó un segundo tutorial: cómo depilarse las cejas paso a paso. Ese vídeo se volvió viral antes de que ella supiera siquiera qué significaba esa palabra.
Lo que Roccibella había descubierto, casi por accidente, era un nicho enorme: mujeres latinas que querían aprender a cuidarse sin depender de salones de belleza costosos y usando productos que ya tenían en casa. La propuesta era sencilla: explicar todo con detalle, usar lo que cualquiera puede comprar y mostrar lo que realmente funciona.
Las limitaciones técnicas, lejos de frenarla, la empujaron a aprender. Para optimizar la memoria del teléfono y aprovechar mejor la luz del día, aprendió a escribir guiones y a modular su voz para conectar con una audiencia hispanohablante diversa. Más adelante estudiaría edición de vídeo, iluminación y fotografía, todo de manera autodidacta.
Lo que había nacido por necesidad se convirtió en método y en su identidad. Hoy se ríe cuando recuerda que fue su esposo quien, sin consultarle, usó la tarjeta de crédito para comprar los primeros equipos con los que mejoró un poco la factura audiovisual. En ese momento, para ella, aquello era una locura. Una irresponsabilidad, incluso.
Mientras tanto la comunidad seguía creciendo. Primero en los Estados Unidos y México y más adelante en toda América Latina. Millones de mujeres reconocían en Roccibella no solo a una instructora de maquillaje, sino a alguien que mostraba el proceso completo: el esfuerzo, el cansancio, los errores. La evolución.
La pausa que lo cambió todo
En junio de 2024, Roccibella hizo algo que pocos creadores de contenido se atreven a hacer en la cima: paró. Después de años publicando a un ritmo diario, llegó el agotamiento natural de quien siente que está dando vueltas en círculo. Y darle vueltas a lo mismo, sin avanzar, iba en contra de los valores con los que había construido su comunidad desde el primer día.
“No tenía miedo de tener que volver a empezar si era necesario”, diría después. Y en esa pausa, nació la idea que hoy la mantiene ocupada.
En el mundo de la creación de contenido, detenerse es casi un acto subversivo. Roccibella lo hizo. Y de esa pausa nació una empresa.
Junto a su equipo investigó laboratorios en los Estados Unidos, recorrió ferias del sector y decidió profundizar en el modelo surcoreano del cuidado de la piel: un país donde la prevención no es una tendencia sino una filosofía de vida, arraigada en la cultura desde generaciones.
Su marca se llama Zenttu. El nombre tiene raíz en zen, derivado del japonés y del sánscrito dhyāna: meditación, atención plena, simplicidad, experiencia directa. Al sumarle el pronombre “tú”, el mensaje se vuelve íntimo: encontrar tu centro y avanzar hacia tu mejor versión desde hábitos cotidianos sostenibles.
Para el desarrollo de sus productos, fue necesario vincular a tres laboratorios distintos y 21 empresas especializadas en Corea del Sur, seleccionadas por categoría para garantizar estándares técnicos específicos. El reto central no era solo formular productos eficaces, sino adaptarlos al clima y los hábitos de Occidente: una consumidora latina que usa maquillaje de larga duración, que vive en entornos más agresivos, y que tiene necesidades que los laboratorios asiáticos —pensados para otras pieles y otros cielos— no siempre contemplan.
La historia de Roccibella es también la historia de miles de mujeres migrantes que trabajan en silencio y construyen sin mapa. Es la prueba de que una comunidad digital puede convertirse en la mejor plataforma para levantar una empresa. Y de que los grandes resultados raramente se explican por un momento viral, sino más bien por años de constancia y la convicción —a veces solitaria, a veces compartida— de que los procesos que valen la pena, necesitan tiempo y mucha paciencia.
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